por Francisco Galindo, Secretario General de la Fundación Autor, sobre el Canon de Copia Privada en los CD-R Compensar a los autores - musicales o audiovisuales - por las copias domésticas que hacemos de sus obras es una cuestión de justicia en el más amplio sentido de la palabra. Primero, porque así lo consagra la Ley de Propiedad Intelectual, aprobada unánimemente por el Parlamento español y en sintonía con los textos legales más avanzados del mundo occidental. Y segundo, porque ese puñado de canciones o esa película constituyen todo el capital de sus firmantes, su particular inversión en talento. El canon de copia privada se aplica con absoluta normalidad en este país desde hace nueve años, tanto en las casetes de audio (0,18 euros por hora) como en las cintas de vídeo (0,3 euros). Si no se estableció en su momento para los CD vírgenes fue, sencillamente, porque la aparición de tal formato es posterior. Las ventas de casetes vírgenes han caído en los dos últimos años en más de un 35%, y el motivo se antoja elemental: el CD se está imponiendo como el soporte dominante para las grabaciones musicales caseras. Es cierto que en un CD informático se pueden grabar otras cosas: fotografías, programas informáticos, copias de seguridad de nuestros archivos. También en una casete se puede grabar una conversación, o un viaje familiar en un VHS. La cuestión pasa por dilucidar cuáles son los usos mayoritarios de estos soportes. Un informe de la consultora internacional Millward Brown / Alef, fechado en noviembre de 2001, revela que el 77% de los CD vírgenes se destinan a grabar música. Dicho de otro modo: si no se almacenasen canciones en los discos compactos, las empresas fabricantes y distribuidoras no habrían vendido 80 millones de unidades en 2001, sino 18 millones. Quizás por eso mismo, un CD-R puede encontrarse ahora en las tiendas por apenas 0,6 euros (e incluso menos) sin ninguna dificultad, la tercera parte de lo que costaba hace apenas tres años. Pero hay un detalle aún más importante: el canon de copia privada no repercute directamente en los autores, sino que sufraga en buena media las actividades de promoción cultural y asistenciales que la SGAE realiza a través de la Fundación Autor y la Mutualidad de Autores. En suma, estamos hablando de cantidades no sólo muy modestas, sino con una finalidad que consideramos del todo loable. Este artículo se puede reproducir total o parcialmente en los medios de comunicación. 01/01/2002 |
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